23 de noviembre de 2012

Miradas que matan, que comen y que no engordan.

Hace unos casi dos meses conocí a un chico que me flasheó, no me prestaba demasiada atención por no decir que ni se dignaba a mirarme hablando en público, vale, puede que me sentara 8 filas llenas de gente delante de él y que su carácter no sea como el mio pero me DUELE el ego si quien más lme llama sólo estaba con su grupo y yo, con todos menos con el suyo.  Indignadísima yo, sin aceptar tal indiferencia, hasta que poco a poco, sin querer, de las mil veces que giraba la cara a lo largo de la mañana me cuadraba su mirada, el momento en el que de casualidad empezamos a coincidir también en las horas huidas,  en las largas esperas del bus, en los desayunos, comidas, trabajos, dudas...todo solo con miradas, sin palabras, ninguna, cero. Nosotros siempre fuimos de agachar la cara, disimular la vista y de sorprendernos a nosotros mismos buscándonos, estando pendientes de si el otro dejaba las cosas entre clase y clase indicando que a la siguiente vendría, girando la cara cada vez que la puerta sonaba por si el otro llegaba, una media sonrisa cómplice por cada acierto estudiantil, una atención especial cuando exponemos los trabajos orales. Somos minúsculos gestos de confianza codificado: yo subí una fila, él bajó dos; yo dibujé grandes sonrisas, él carcajadas; yo dije hola, el que tal; yo quise todo, el exigió infinito. Y yo aquí sigo en silencio, mirándolo y él aquí está, comiéndome con la mirada mientras escribo esto.

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