Llega un momento en que no notas la diferencia entre ir y quedarte, en el que parece que el mundo pierde el privilegio de que te muevas a por algo. Porque sinceramente, siempre piensas que te mereces algo más. Siempre.
Ocurre cuando tus sentimientos avanzan a mayor velocidad que tus actos, cuando se pierde el equilibrio entre la cabeza y el corazón, cuando las ganas juegan con la intención, cuando el querer se descojona y el poder llora.